Pocas mujeres tenían la capacidad y el carisma de contar de manera detallada pero contundente sucesos cotidianos o desconocidos, desde lo que ocurría cualquier mañana en una plaza de mercado hasta la rutina en el Hospital Mental de Antioquia o la vida en la siempre vibrante Nueva York.

Creatividad, humor y rigurosidad hacían parte de cada crónica que la acuciosa Margaritainés publicaba en su querido diario El Colombiano. Sus titulares, como ella misma, estaban llenos de ingenio y sobresalían inmediatamente.

Con un café y un cigarrillo como cómplices, nada se escapó a la mirada de esta mujer, la brillante cronista urbana de Medellín de la segunda mitad del siglo XX. La sucesora de Sofía Ospina de Navarro en el género más literario del Periodismo, al que Margaritainés le dedicó 26 años de su corta pero productiva vida.

Querida por sus amigos, admirada por sus colegas y seguida por sus lectores. Con su partida dejó un vacío inmenso, pero también un legado imborrable que le recuerda a cualquier estudiante de Periodismo o director de medio de comunicación la importancia de la crónica, ese género agonizante en la prensa actual con el que Margaritainés se conectó con varias generaciones y les llevó a vivir de manera única una realidad vista más allá de las noticias escritas en pirámide invertida.

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